sábado, 12 de diciembre de 2020

RE: Bobby

 Para: Bobby

¿Bobby?


Cada vez tengo más claro que viniste para no volver,

que no eres una etapa,

eres parte de lo que soy.

La mitad que representa mi peor parte,

tóxica, destructiva y kamikace.


La que se insulta cuando se mira al espejo,

la que se grita que no llegará a nada,

la que se flagela cuando come,

la que se achica frente a los demás.


Ya te conozco y no te voy a olvidar.


 

RE:

“¿Realmente te ves bien?

Mírate, la única curva que tienes es en tus piernas deformes,

incapaces de aparentar estabilidad; como tus emociones.


¿Así te puedes llamar mujer?

He visto objetos inanimados más femeninos que tu.

Bájate de la cinta de correr,

la anatomía del cuerpo es incurable.


Mira a ver si usas ese tiempo en estudiar,

con suerte le sacarás provecho.

Aunque la verdad, es una lástima que ni en eso destaques,

sabes que hay mucha gente que vale más para ello que tú,

que no les hace falta sudar lo que tú,

que obtendrán los resultados que sueñas…

mientras duermes.


Deja de hacer cosas que no sirven para nada, y hazte un favor:

No acudas a nadie, porque de nada te servirá;

solo serás una carga emocional,

una nube de emociones negativas

que hará que les hundas contigo.


No eres capaz de aportar nada más.

No eres capaz de nada.

No eres capaz, a secas.


Deja de perder el tiempo,

porque eres así y no puedes cambiar.


Coge tu nube negra y vámonos de aquí,

donde no estorbemos a nadie y asumamos lo que realmente somos.

Es tu única opción; o vives conmigo o no vives.

Tú eliges.”

lunes, 8 de junio de 2020

El lado negativo de las cosas

               Me siento una nube negra que no puede vivir algo sin sacarle el lado negativo de las cosas. Envidio la gente que no ve esas cosas, como si fueran conejillos sordos y miopes en medio de la carretera; que cuando ven el destello de luz ya solo son un manchurrón rojo y carne quemada contra el asfalto.

               Es inevitable ver como mis comisuras se dejan vencer por la gravedad, al igual que la parte delantera de mis cejas. No suelo ser consciente de ello, pero al parecer ando como si estuviera enfadada con el mundo. Quizá mi super yo lo esté, y por eso hay días que cruzas la carretera esperando una calamidad.

               Es después de cruzar el paso de cebra y verla pasar. Bobby me la señala y me dice “mira, es ella de nuevo”. La verdad es que tiene algo que enamora… No sé si es su largo pelo negro, el dibujo que hacen sus costillas por debajo de su piel o las ojeras de tanto llorar… Pero sin duda, lo que más me gusta de ella es que es una máquina de pensar, de darle vueltas a las cosas y buscar la mejor manera de hacerlas. Desgraciadamente, pensar también es la mejor forma de ver la cruz de la misma moneda. Es entonces cuando se da de canto en los dientes y llega a la conclusión de “no hay una opción mejor”.

               Cuántas veces habrá caído en ese hoyo de mugre, en la situación de escoger entre vertedero, desguace o depuradora de aguas fecales donde dejar caer tu cuerpo. Después de esto, ya se arruina su intento de empezar bien el día ha vuelto a fracasar, como todos los que empieza.

               Llegados a este punto y con la primera lágrima a punto de defenestrarse por el lagrimal, busca un clavo ardiendo al que aferrarse y comienza de nuevo a pensar, aunque ya es tarde. Es como intentar corregir un marrón demasiado oscuro con blanco, pero solo consigues una montaña de gris en tu paleta de colores con la que ibas a pintar el cuadro de la semana. Colores sucios y manchados de negatividad que solo la permite pintar su nube negra. Esa nube que la persigue allá donde vaya como si fuera una película de terror.

               Llevo tres horas mirándola ensimismada: sigue sentada en el mismo banco de pensando cómo hacer bien las cosas, pero no lo consigue. Mira el suelo con los hombros caídos y la cabeza ladeada. Su largo pelo azabache cae sobre sus hombros cubriendo sus clavículas, aunque la curvatura de su espalda permite leer cada vértebra que la compone como si una cordillera se tratara. Sus brazos y piernas son del diámetro de una moneda de dos euros y hay estrías aún más blancas que su piel en las zonas más comprometidas.

               No come, no bebe, no habla, no vive. Solo piensa.

               Por eso me tiene loca. Es capaz de crear castillos enormes con su brillante imaginación, de ver las cosas que nadie ve y llevar su consciencia hasta lo alto de la bandera. Pero claramente la toxicidad de nuestra relación llega cuando se esconde en las mazmorras por miedo a la luz del sol.


sábado, 9 de mayo de 2020

Malos hábitos

Llega la tarde y nada parece ir bien.
Llevo arrastrando mi sonrisa forzada toda la mañana y escuchando a Bobby con su síndrome de Tuareg todo el día. Sé que es cosa de su enfermedad, que no debo hacerle caso, pero en ocasiones se hace difícil no replantearse ciertos comentarios que hace sobre la gente, sobre mí. Es como un resorte que sale del subconsciente de palabrería obscena atacando a la yugular de cualquier cosa que se me cruce en el campo visual o mental.
La cuestión es que me siento mal por todo y me han dejado sola, un peligro para mis pequeños malos hábitos.
Tiro la toalla y entro a la cocina. No tengo mucho tiempo, así que opto por la opción rápida: unos buenos cereales azucarados con leche caliente. Me lleno el tazón hasta arriba, vierto la leche sobre los cereales asegurándome de aprovechar todo su volumen y lo meto un minuto y medio en el microondas; tiempo suficiente para pensar en cuál será el siguiente paso. El chocolate es esencial para estas situaciones, así que le corté unos trocitos con la boca cual máquina de chatarra y los escupo sobre el tazón. Añado además mantequilla de cacahuete y lo muevo observando los hilos de chocolate danzantes debido a la temperatura de la leche. Huelo ya la disolución de azúcar y ácidos grasos de la leche y se me hace la boca agua. Intento controlar mi gula y esperar a estar sentada y disfrutar de esos sabores de los que me privo habitualmente. El tazón calienta mis insípidas manos mientras busco una cuchara pequeña (para que dure más la degustación).
Finalmente me siento en el sillón con el móvil a un lado y la tele apagada. He de confesar que ya le he metido alguna cucharada. Empiezo a comer lentamente; mastico y saboreo el muesli que se desmigaja en mi boca. Noto los cambios de textura de la fruta deshidratada, tanto crujiente como blanda. Niveles de dulzor que oscilan entre lo dulce y extremadamente dulce con el fondo de la nata de la leche vacuna (semidesnatada). Para cuando me he dado cuenta, la leche ya no está en su temperatura óptima, el chocolate ya se ha fundido, no encuentro la mantequilla de cacahuete y el muesli ya no cruje. ¿Por qué es tan efímero el pecado?
Lo siento, pero no he tenido suficiente. Todos conocemos ya el desenlace de esta historia, así que llegados a este punto no me parece mala idea hacer un bis.  Me vuelvo a levantar y en la misma taza vierto más leche y otro tipo de cereales, es lo único que cambia de la ronda anterior. Bueno, antes de comenzar bebo un vaso de agua del tirón: es una manera de lavar tus papilas gustativas de todo esa glucosa y mantequilla pegada y volver a saborear el primer bocado. Eso y que luego sea más fácil de sacar.
La ingesta se repite del mismo modo, pero esta vez es más rápido. Es una especie de instinto animal devorador (de mí). En cuanto acabo voy corriendo a la cocina, dejo el vaso en el fregador y escucho con atención para localizar a cada ente de la casa. No por cotilla, simplemente es desagradable escuchar esos ruidos.
Una vez asegurado el perímetro cojo el altavoz, me meto en el baño y echo el pestillo. Le doy al play y escucho a Rayden; no por favor, no quiero escuchar los retortijones de mis tripas con una voz tan orgásmica como la de Rayden. Dos canciones más tarde suenan Do I wanna know, la que era nuestra canción. Así que me parece un TEMAZO para este momento.
Me recojo el pelo con la coleta, levanto la tapa mientras escucho los golpes rítmicos del inicio de la canción mientras rápidamente me meto los dedos hasta donde me permiten mis manos y hago movimientos ondulatorios con ellos. La campanilla parece que se convierte en un clítoris que pretende llegar al éxtasis.
Empiezan las primeras arcadas, un pequeño chorro de agua espumoso con color rosado. Son las fresas que comí en la merienda. Si hurgando en la garganta y sigue saliendo pequeñas cantidades de jugos gástricos pero ni rastro del muesli y la avena. Mis ojos empiezan a llorar y la nariz a moquear. No podemos parar esto aquí, si te lo comiste tienes que devolverlo. Los ojos me escuecen, bastante comprensible ya que tengo mi cabeza metida en una campana de ácido. Al fin sale el primer vómito espeso y me siento mejor. La clave está en no quitar los dedos, ya que si se te quedan restos en la garganta es más fácil la segunda arcada. Veo como la masa de cereales (muchos sin masticar) corre por las paredes del váter y se depositan en el fondo.
Cuando no saco nada en las dos últimas arcadas me reincorporo y llevo mi mano al lavabo para lavarme la mezcla de cereales, jugos gástricos, mucosa y… ¿sangre? Meto la mano en el grifo y no solo tenía los nudillos enrojecidos (como es habitual) sino que además me había hecho herida. ¡Me he hecho una herida! D tienes un problema.
Tiro de la cadena por primera vez y seguidamente me miro al espejo. Los ojos están rojos y me cuelgan mocos de la nariz como si fuera un infante en pleno mes de febrero. Algún día tendré un derrame en los capilares de los ojos (por aumento de presión en la cara) y va a costar de explicar. Me lavo la cara, me termino de lavar bien las manos con jabón y me lavo los dientes. Por muy desagradable que sea la mezcla de sabores, no queremos que el ácido clorhídrico me los estropee. La rojez de los ojos comienza a bajar, la de los nudillos persiste, pero nadie se fija.
Le doy el último visto bueno a mi reflejo y al inodoro. Me doy cuenta que en las paredes más cercanas a la tapa hay salpicaduras que limpio con papel higiénico, una prueba del crimen más eliminada. El agua aún sigue espumosa y turbia. Normalmente es necesario tirar dos veces de la cadena para que quede limpio.
Justo a tiempo, ha acabado la canción. Me sonrío al espejo y salgo victoriosa para actuar como si todo estuviera bien. Aunque no lo está.

martes, 21 de abril de 2020

Buenos días 1


Esta noche he soñado todo lo que no he soñado en todo el mes. He tenido toda la noche mi cabeza montada en un Ferrari de emociones, recuerdos y miedos que me han llevado a levantarme como si me acabaran de apalear el cuerpo.
Soñé que volvía a casa y nadie se acordaba de mí. Todo el mundo había aprendido a vivir sin D y el planeta seguía girando como si nada. Siempre nos negamos a asumir que somos prescindibles, pero lo somos. Todos.
Es el día que paras a pensarlo cuando te parece egoísta vivir y tirarte por un puente parece una idea sin el adjetivo “mala”.
Me levanto y ni me he dignado a mírame al espejo. En días como hoy solo lo aporrearía hasta borrar la piel de mis nudillos y mi estúpido reflejo. No me gusta lo que veo y no puedo hacer nada para evitarlo. Mejor no me miro y evitamos el dramatismo innecesario, ya hago bastante con lo que pienso y escribo.
Aunque no haya verificado mi aspecto, sé que mis rasgos pesan más de lo habitual: mis cejas, mis ojos, mis comisuras… Dejando una expresión larga llena de tristeza y pesadez. En realidad, todo pesa; pies, hombros y espalda entorpecen todo movimiento que quiero hacer. Todo lo que me rodea parece querer hundirme en un mar de lágrimas.
Quiero llorar, llorar y quemarme los ojos con la acidez que siempre llevo dentro, ahogarme en mi propia saliva ponzoñosa y así asegurarme que el sufrimiento va a ser solo mío, que nadie caerá conmigo. Que no sepa lidiar con mis emociones solo es mi problema.
Quiero dormir otra vez, cerrar los ojos y dejar pasar las horas hasta que mi cuerpo se reponga de este bache. Pero sé que no puedo hacer eso; no sé hacer eso. No hacer nada es uno de los golpes más duros que me puedo asestar a mí misma, porque sería darle la razón: sería proclamarme débil e inútil. Soy muchas cosas malas, pero por ahora no soy eso. Por ahora.

sábado, 11 de abril de 2020

S7


Era una de aquellas noches que mi madre se iba por motivos de su vida privada.
               La soledad no me sentaba demasiado bien por aquel entonces, así que le llamé. Nunca llevaba el móvil encima; buscarle en ocasiones era más difícil que buscar la pareja de un calcetín negro tobillero. Por suerte, si le conocías bien, sabías con quién podía estar y donde encontrarle.
               Contacté con su amigo y fui breve: ¿Tienes planes para cenar? Mi madre no está. Sé que era sencillo que terceras personas sacaran el mensaje fuera de contexto, pero entre mejores amigos resulta entretenido ver las películas que se monta la gente con tal de nutrirse del drama ajeno. Su respuesta también fue breve y concisa, así que no tardó en aparecer.
               No era la primera vez que pasaba. Venía, cenábamos, hablábamos de mil y una cosas, dormía, y cuando me iba al instituto, me acompañaba y se iba. Era de esta clase de personas que nunca parece acabar la conversación, siempre teníamos cosas que decir, por eso era un compañero fantástico. Era un hermano para mí.
               Desgraciadamente, esa noche cambió todo.
               Llegó a los pocos minutos e hicimos la rutina de siempre hasta que llegó la hora de descansar. Se acostó en el otro lado de la cama doble, como siempre, e intentamos dormir.
               No era de extrañar que me diera un abrazo posara su mano encima, me masajeara la espalda o cosas por el estilo, pero siempre respetando las distancias, a mi pareja y a mí. Era una relación amistosa preciosa, conocíamos nuestros secretos, debilidades y límites.
               Me acosté de espaldas a la pared, como siempre y su mano se posó sobre mi cintura. Su contacto fue una clase de protección para mí; era el contacto que necesitaba para notar su presencia, la compañía que quizá otra gente no me daba o yo no me dejaba dar. Él era la única persona con la que realmente sentía que podía contar con él en cualquier momento, a cualquier hora.
               Su mano seguía mi contorno y hacía cosquillas por mi espalda. A veces, su mano se adelantaba a la parte delantera, y su mano abarcaba casi todo mi vientre. En cierto modo empecé a sentirme incómoda, sus dedos estaban cerca de zonas de mi cuerpo que por nuestra relación un hubiera sido adecuado que se aproximara. Quizá contorneaba la zona inferior del pecho o se acercaba demasiado a la goma del pantalón.
               No hice caso. Mejor dicho, no quise hacer caso. Ignoré la posible situación que podría desencadenarse y simplemente me moví para evitar que continuara. De cierto modo, también evitaba un momento incómodo. La confianza en mí misma se rebajó a tal nivel que puse voz a sus pensamientos: solo es una niña que se imagina que le gusta a todo el mundo, aunque no es así. Espacio vital
               No tardó en cesar y pronto concilié el sueño.
               Su mano, de nuevo en mi cintura, me despertó con sus caricias. No sabía que pensar de aquello. Seguramente no había quedado claro que no me estaba resultando agradable aquella situación. No sabía qué decir o qué hacer. De hecho, ni me moví. Seguí haciéndome la dormida con la esperanza de que se cansara y se durmiera también. Recuerdo la inseguridad en sus manos, el temblor de sus dedos cuando se acercaba a zonas más incómodas. Se aventuraban como quien entra a una habitación oscuras que desconoce. Sus dedos comenzaron a jugar con el borde de mi pecho, y se acercaba cada vez más. Yo intentaba disimuladamente posicionar mis brazos contra mis costillas para protegerme, para que me dejara, no quería sus manos en mis tetas. No sé si no se dio cuenta, o le dio igual, pero sus manazas consiguieron abarcarlas. Su respiración había cambiado de ritmo, y temblaba como hacían sus dedos. De un empujón me acercó a él, entrando casi nuestras superficies en contacto. Jugueteó un rato con ellas, las apretaba, con fuerza, sin ella, pellizcando mis pezones.
               En ese momento apreté con fuerza mis brazos casi inmovilizando sus brazos en señal hostil. Dije su nombre seguido de un “no me hagas enfadar”. Fueron las únicas palabras que podían salir de mi boca en aquel momento. Al fin las dejó libres y creí estar a salvo de aquel desastre que podía avecinarse. De todos modos, no estaba tranquila. Había sucedido aquel indeseable malentendido entre mi mejor amigo y yo. Ese tipo de cosas que rompen amistades y confirman la teoría que no existe amistad entre hombres y mujeres. Pero nosotros éramos diferentes, ¿no?
               Sin embargo, sus manos no parecían haber acabado su viaje, y decidió explorar la mitad inferior de mi cuerpo. Fue directo a la goma del pantalón del pijama, y metió la mano. Yo estaba en posición fetal, que acabó transformándose en miedo. Cuando intentó adentrarse por la delantera, mis piernas me protegían, y no iba a dejar pasar esa barrera. No se rindió, y rápidamente acarició mis nalgas, las apretó, y fue a buscar humedad.
               No, eso no. Le di un codazo. Y otro. Pero sus manos seguían ancladas a mi cuerpo como si alguna clase de espíritu le hubiera poseído. Seguidamente fui directa a su muñeca, le calvé las uñas y aparté sus zarpas de mi propiedad. Sus manos parecían querer volver. “Me estás cabreando”, dije mientras seguía de espaldas. Estaba aterrada, me sentía incapaz de mirarle y decirle otra cosa, no quería mirar a los ojos a aquella situación de mierda. Lanzaba codazos hacia atrás para que se alejara de una puta vez de mí.
               Intenté volver a dormir. Esta vez fue más difícil. Solo pensaba en cómo le miraría mañana al despertarme, cómo sería nuestra relación a partir de ahora. ¿Por qué lo había hecho? Llevábamos dos años compartiendo gran parte de las horas del día, y cada uno tenía su vida amorosa independiente del otro. ¿Qué estaba pasando? ¿Qué había hecho mal? Solo pensaba en el amigo que ya había perdido. Pero no le bastó en romper nuestra amistad sino que también tuvo que romperme a mí.
               Por segunda vez, me despertó el movimiento de las sábanas a mi lado. Estábamos sin pantalones y suavemente estaba posando su cuerpo encima del mío.
               Basta.
               Me reincorporé de la manera más serena y tranquila que pude y se detuvo. Me puse las zapatillas y fui al sofá del salón. Lloré, lloré mucho hundida en la manta. Al poco escuché ruido y la puerta de la calle se cerró. Se había ido.
               Cuando me levanté fui a la escena del crimen y la contemplé reviviendo cada instante de la noche anterior como si fuera una película. Me sentí vacía, parecía no correr sangre dentro de mi cuerpo. Me preparé el desayuno como un autómata, del mismo modo que subí al bus y pasaban las horas de clase. Algo dentro de mí se estaba formando, enquistando y extendiendo. Fue un cáncer que duró meses, que por un momento pensé que sería terminal y que acabaría conmigo, con mis ganas de todo.
               No pude verle durante mucho tiempo, no le miré a los ojos desde esa noche que me fui a dormir, ¿no quería admitir quién era realmente?
               Una de las personas más importantes de mi vida me había apuñalado. Si ya no podía confiar en él, ¿qué me harían los demás? En vista de que había errado, temí tener otro enemigo en casa. De manera que me deshice de toda persona que fuera capaz de herirme, sin darme cuenta de que a todos los amigos les has dado armas para destruirte, confianza.
               Los hombres habían cambiado. Tanto ellos como el mundo eran hostiles. Veía cosas detrás de sus miradas, las intenciones de cada movimiento de sus manos y escuchaba lo que les susurraban sus instintos más primarios. Dejaron de ser personas.
               Estaba rota y cualquier golpe hacía la grieta más grande. Cada vez que eso sucedía lloraba. Era un llanto que una parte de mí no entendía, ya que el detonante no parecía ser su verdadera causa. Algo dentro de mí estaba mal. Eran momentos de ansiedad, temblores, taquicardias, de encogerse en el suelo y estar llorando durante horas.
               Finalmente, de toda esa destrucción nació algo. Bobby floreció en mi cabeza dispuesto a criar un campo de malvas que acabara conmigo. Así que durante todos los días de los siguientes meses me mostró la visión más cruda del mundo, repulsiva, desagradable y macabra. ¿Quién querría vivir en un mundo así?
               Tras mucho tiempo he aprendido a controlar la necrosis de la zona afectada, pero Bobby llegó para quedarse; a veces por minutos, otros por horas… un día a la semana, al mes… Pero siempre conmigo.
               Os presente a Bobby.