Me
siento una nube negra que no puede vivir algo sin sacarle el lado negativo de
las cosas. Envidio la gente que no ve esas cosas, como si fueran conejillos sordos
y miopes en medio de la carretera; que cuando ven el destello de luz ya solo son
un manchurrón rojo y carne quemada contra el asfalto.
Es
inevitable ver como mis comisuras se dejan vencer por la gravedad, al igual que
la parte delantera de mis cejas. No suelo ser consciente de ello, pero al
parecer ando como si estuviera enfadada con el mundo. Quizá mi super yo
lo esté, y por eso hay días que cruzas la carretera esperando una calamidad.
Es
después de cruzar el paso de cebra y verla pasar. Bobby me la señala y me dice “mira,
es ella de nuevo”. La verdad es que tiene algo que enamora… No sé si es su
largo pelo negro, el dibujo que hacen sus costillas por debajo de su piel o las
ojeras de tanto llorar… Pero sin duda, lo que más me gusta de ella es que es
una máquina de pensar, de darle vueltas a las cosas y buscar la mejor manera de
hacerlas. Desgraciadamente, pensar también es la mejor forma de ver la cruz de la misma moneda. Es entonces cuando se da de canto en
los dientes y llega a la conclusión de “no hay una opción mejor”.
Cuántas
veces habrá caído en ese hoyo de mugre, en la situación de escoger entre
vertedero, desguace o depuradora de aguas fecales donde dejar caer tu cuerpo. Después de esto, ya se arruina su intento de empezar bien el día ha vuelto a fracasar, como
todos los que empieza.
Llegados
a este punto y con la primera lágrima a punto de defenestrarse por el lagrimal,
busca un clavo ardiendo al que aferrarse y comienza de nuevo a pensar, aunque
ya es tarde. Es como intentar corregir un marrón demasiado oscuro con blanco,
pero solo consigues una montaña de gris en tu paleta de colores con la que ibas
a pintar el cuadro de la semana. Colores sucios y manchados de negatividad que
solo la permite pintar su nube negra. Esa nube que la persigue allá donde vaya
como si fuera una película de terror.
Llevo
tres horas mirándola ensimismada: sigue sentada en el mismo banco de pensando cómo
hacer bien las cosas, pero no lo consigue. Mira el suelo con los hombros caídos
y la cabeza ladeada. Su largo pelo azabache cae sobre sus hombros cubriendo sus
clavículas, aunque la curvatura de su espalda permite leer cada vértebra que la
compone como si una cordillera se tratara. Sus brazos y piernas son del
diámetro de una moneda de dos euros y hay estrías aún más blancas que su piel en
las zonas más comprometidas.
No
come, no bebe, no habla, no vive. Solo piensa.
Por
eso me tiene loca. Es capaz de crear castillos enormes con su brillante
imaginación, de ver las cosas que nadie ve y llevar su consciencia hasta lo
alto de la bandera. Pero claramente la toxicidad de nuestra relación llega
cuando se esconde en las mazmorras por miedo a la luz del sol.
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