Era una de aquellas noches que mi
madre se iba por motivos de su vida privada.
La
soledad no me sentaba demasiado bien por aquel entonces, así que le llamé.
Nunca llevaba el móvil encima; buscarle en ocasiones era más difícil que buscar
la pareja de un calcetín negro tobillero. Por suerte, si le conocías bien,
sabías con quién podía estar y donde encontrarle.
Contacté
con su amigo y fui breve: ¿Tienes planes para cenar? Mi madre no está. Sé que
era sencillo que terceras personas sacaran el mensaje fuera de contexto, pero
entre mejores amigos resulta entretenido ver las películas que se monta la
gente con tal de nutrirse del drama ajeno. Su respuesta también fue breve y
concisa, así que no tardó en aparecer.
No
era la primera vez que pasaba. Venía, cenábamos, hablábamos de mil y una cosas,
dormía, y cuando me iba al instituto, me acompañaba y se iba. Era de esta clase
de personas que nunca parece acabar la conversación, siempre teníamos cosas que
decir, por eso era un compañero fantástico. Era un hermano para mí.
Desgraciadamente,
esa noche cambió todo.
Llegó
a los pocos minutos e hicimos la rutina de siempre hasta que llegó la hora de
descansar. Se acostó en el otro lado de la cama doble, como siempre, e intentamos
dormir.
No
era de extrañar que me diera un abrazo posara su mano encima, me masajeara la
espalda o cosas por el estilo, pero siempre respetando las distancias, a mi
pareja y a mí. Era una relación amistosa preciosa, conocíamos nuestros
secretos, debilidades y límites.
Me
acosté de espaldas a la pared, como siempre y su mano se posó sobre mi cintura.
Su contacto fue una clase de protección para mí; era el contacto que necesitaba
para notar su presencia, la compañía que quizá otra gente no me daba o yo no me
dejaba dar. Él era la única persona con la que realmente sentía que podía
contar con él en cualquier momento, a cualquier hora.
Su
mano seguía mi contorno y hacía cosquillas por mi espalda. A veces, su mano se
adelantaba a la parte delantera, y su mano abarcaba casi todo mi vientre. En cierto
modo empecé a sentirme incómoda, sus dedos estaban cerca de zonas de mi cuerpo
que por nuestra relación un hubiera sido adecuado que se aproximara. Quizá
contorneaba la zona inferior del pecho o se acercaba demasiado a la goma del
pantalón.
No
hice caso. Mejor dicho, no quise hacer caso. Ignoré la posible situación que
podría desencadenarse y simplemente me moví para evitar que continuara. De
cierto modo, también evitaba un momento incómodo. La confianza en mí misma se
rebajó a tal nivel que puse voz a sus pensamientos: solo es una niña que se
imagina que le gusta a todo el mundo, aunque no es así. Espacio vital
No
tardó en cesar y pronto concilié el sueño.
Su
mano, de nuevo en mi cintura, me despertó con sus caricias. No sabía que pensar
de aquello. Seguramente no había quedado claro que no me estaba resultando
agradable aquella situación. No sabía qué decir o qué hacer. De hecho, ni me
moví. Seguí haciéndome la dormida con la esperanza de que se cansara y se
durmiera también. Recuerdo la inseguridad en sus manos, el temblor de sus dedos
cuando se acercaba a zonas más incómodas. Se aventuraban como quien entra a una
habitación oscuras que desconoce. Sus dedos comenzaron a jugar con el borde de
mi pecho, y se acercaba cada vez más. Yo intentaba disimuladamente posicionar
mis brazos contra mis costillas para protegerme, para que me dejara, no quería
sus manos en mis tetas. No sé si no se dio cuenta, o le dio igual, pero sus
manazas consiguieron abarcarlas. Su respiración había cambiado de ritmo, y temblaba
como hacían sus dedos. De un empujón me acercó a él, entrando casi nuestras
superficies en contacto. Jugueteó un rato con ellas, las apretaba, con fuerza,
sin ella, pellizcando mis pezones.
En
ese momento apreté con fuerza mis brazos casi inmovilizando sus brazos en señal
hostil. Dije su nombre seguido de un “no me hagas enfadar”. Fueron las únicas
palabras que podían salir de mi boca en aquel momento. Al fin las dejó libres y
creí estar a salvo de aquel desastre que podía avecinarse. De todos modos, no
estaba tranquila. Había sucedido aquel indeseable malentendido entre mi mejor
amigo y yo. Ese tipo de cosas que rompen amistades y confirman la teoría que no
existe amistad entre hombres y mujeres. Pero nosotros éramos diferentes, ¿no?
Sin
embargo, sus manos no parecían haber acabado su viaje, y decidió explorar la
mitad inferior de mi cuerpo. Fue directo a la goma del pantalón del pijama, y
metió la mano. Yo estaba en posición fetal, que acabó transformándose en miedo.
Cuando intentó adentrarse por la delantera, mis piernas me protegían, y no iba
a dejar pasar esa barrera. No se rindió, y rápidamente acarició mis nalgas, las
apretó, y fue a buscar humedad.
No,
eso no. Le di un codazo. Y otro. Pero sus manos seguían ancladas a mi cuerpo
como si alguna clase de espíritu le hubiera poseído. Seguidamente fui directa a
su muñeca, le calvé las uñas y aparté sus zarpas de mi propiedad. Sus manos
parecían querer volver. “Me estás cabreando”, dije mientras seguía de espaldas.
Estaba aterrada, me sentía incapaz de mirarle y decirle otra cosa, no quería
mirar a los ojos a aquella situación de mierda. Lanzaba codazos hacia atrás
para que se alejara de una puta vez de mí.
Intenté
volver a dormir. Esta vez fue más difícil. Solo pensaba en cómo le miraría mañana
al despertarme, cómo sería nuestra relación a partir de ahora. ¿Por qué lo
había hecho? Llevábamos dos años compartiendo gran parte de las horas del día,
y cada uno tenía su vida amorosa independiente del otro. ¿Qué estaba pasando? ¿Qué
había hecho mal? Solo pensaba en el amigo que ya había perdido. Pero no le
bastó en romper nuestra amistad sino que también tuvo que romperme a mí.
Por
segunda vez, me despertó el movimiento de las sábanas a mi lado. Estábamos sin
pantalones y suavemente estaba posando su cuerpo encima del mío.
Basta.
Me
reincorporé de la manera más serena y tranquila que pude y se detuvo. Me puse
las zapatillas y fui al sofá del salón. Lloré, lloré mucho hundida en la manta.
Al poco escuché ruido y la puerta de la calle se cerró. Se había ido.
Cuando
me levanté fui a la escena del crimen y la contemplé reviviendo cada instante
de la noche anterior como si fuera una película. Me sentí vacía, parecía no
correr sangre dentro de mi cuerpo. Me preparé el desayuno como un autómata, del
mismo modo que subí al bus y pasaban las horas de clase. Algo dentro de mí se
estaba formando, enquistando y extendiendo. Fue un cáncer que duró meses, que
por un momento pensé que sería terminal y que acabaría conmigo, con mis ganas
de todo.
No
pude verle durante mucho tiempo, no le miré a los ojos desde esa noche que me
fui a dormir, ¿no quería admitir quién era realmente?
Una
de las personas más importantes de mi vida me había apuñalado. Si ya no podía
confiar en él, ¿qué me harían los demás? En vista de que había errado, temí
tener otro enemigo en casa. De manera que me deshice de toda persona que fuera
capaz de herirme, sin darme cuenta de que a todos los amigos les has dado armas
para destruirte, confianza.
Los
hombres habían cambiado. Tanto ellos como el mundo eran hostiles. Veía cosas detrás
de sus miradas, las intenciones de cada movimiento de sus manos y escuchaba lo
que les susurraban sus instintos más primarios. Dejaron de ser personas.
Estaba
rota y cualquier golpe hacía la grieta más grande. Cada vez que eso sucedía
lloraba. Era un llanto que una parte de mí no entendía, ya que el detonante no
parecía ser su verdadera causa. Algo dentro de mí estaba mal. Eran momentos de
ansiedad, temblores, taquicardias, de encogerse en el suelo y estar llorando
durante horas.
Finalmente,
de toda esa destrucción nació algo. Bobby floreció en mi cabeza dispuesto a
criar un campo de malvas que acabara conmigo. Así que durante todos los días de
los siguientes meses me mostró la visión más cruda del mundo, repulsiva,
desagradable y macabra. ¿Quién querría vivir en un mundo así?
Tras
mucho tiempo he aprendido a controlar la necrosis de la zona afectada, pero Bobby
llegó para quedarse; a veces por minutos, otros por horas… un día a la semana,
al mes… Pero siempre conmigo.
Os
presente a Bobby.
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