martes, 21 de abril de 2020

Buenos días 1


Esta noche he soñado todo lo que no he soñado en todo el mes. He tenido toda la noche mi cabeza montada en un Ferrari de emociones, recuerdos y miedos que me han llevado a levantarme como si me acabaran de apalear el cuerpo.
Soñé que volvía a casa y nadie se acordaba de mí. Todo el mundo había aprendido a vivir sin D y el planeta seguía girando como si nada. Siempre nos negamos a asumir que somos prescindibles, pero lo somos. Todos.
Es el día que paras a pensarlo cuando te parece egoísta vivir y tirarte por un puente parece una idea sin el adjetivo “mala”.
Me levanto y ni me he dignado a mírame al espejo. En días como hoy solo lo aporrearía hasta borrar la piel de mis nudillos y mi estúpido reflejo. No me gusta lo que veo y no puedo hacer nada para evitarlo. Mejor no me miro y evitamos el dramatismo innecesario, ya hago bastante con lo que pienso y escribo.
Aunque no haya verificado mi aspecto, sé que mis rasgos pesan más de lo habitual: mis cejas, mis ojos, mis comisuras… Dejando una expresión larga llena de tristeza y pesadez. En realidad, todo pesa; pies, hombros y espalda entorpecen todo movimiento que quiero hacer. Todo lo que me rodea parece querer hundirme en un mar de lágrimas.
Quiero llorar, llorar y quemarme los ojos con la acidez que siempre llevo dentro, ahogarme en mi propia saliva ponzoñosa y así asegurarme que el sufrimiento va a ser solo mío, que nadie caerá conmigo. Que no sepa lidiar con mis emociones solo es mi problema.
Quiero dormir otra vez, cerrar los ojos y dejar pasar las horas hasta que mi cuerpo se reponga de este bache. Pero sé que no puedo hacer eso; no sé hacer eso. No hacer nada es uno de los golpes más duros que me puedo asestar a mí misma, porque sería darle la razón: sería proclamarme débil e inútil. Soy muchas cosas malas, pero por ahora no soy eso. Por ahora.

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