Esta noche he soñado todo lo que no he soñado en todo el
mes. He tenido toda la noche mi cabeza montada en un Ferrari de emociones,
recuerdos y miedos que me han llevado a levantarme como si me acabaran de
apalear el cuerpo.
Soñé que volvía a casa y nadie se acordaba de mí. Todo el
mundo había aprendido a vivir sin D y el planeta seguía girando como si nada. Siempre
nos negamos a asumir que somos prescindibles, pero lo somos. Todos.
Es el día que paras a pensarlo cuando te parece egoísta
vivir y tirarte por un puente parece una idea sin el adjetivo “mala”.
Me levanto y ni me he dignado a mírame al espejo. En días como
hoy solo lo aporrearía hasta borrar la piel de mis nudillos y mi estúpido
reflejo. No me gusta lo que veo y no puedo hacer nada para evitarlo. Mejor no
me miro y evitamos el dramatismo innecesario, ya hago bastante con lo que pienso
y escribo.
Aunque no haya verificado mi aspecto, sé que mis rasgos
pesan más de lo habitual: mis cejas, mis ojos, mis comisuras… Dejando una expresión
larga llena de tristeza y pesadez. En realidad, todo pesa; pies, hombros y
espalda entorpecen todo movimiento que quiero hacer. Todo lo que me rodea
parece querer hundirme en un mar de lágrimas.
Quiero llorar, llorar y quemarme los ojos con la acidez que
siempre llevo dentro, ahogarme en mi propia saliva ponzoñosa y así asegurarme
que el sufrimiento va a ser solo mío, que nadie caerá conmigo. Que no sepa
lidiar con mis emociones solo es mi problema.
Quiero dormir otra vez, cerrar los ojos y dejar pasar las
horas hasta que mi cuerpo se reponga de este bache. Pero sé que no puedo hacer
eso; no sé hacer eso. No hacer nada es uno de los golpes más duros que me puedo
asestar a mí misma, porque sería darle la razón: sería proclamarme débil e inútil.
Soy muchas cosas malas, pero por ahora no soy eso. Por ahora.
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