Llega la tarde y nada parece ir bien.
Llevo arrastrando mi sonrisa forzada toda la mañana y escuchando a Bobby con su síndrome de Tuareg todo el día. Sé que es cosa de su enfermedad, que no debo hacerle caso, pero en ocasiones se hace difícil no replantearse ciertos comentarios que hace sobre la gente, sobre mí. Es como un resorte que sale del subconsciente de palabrería obscena atacando a la yugular de cualquier cosa que se me cruce en el campo visual o mental.
La cuestión es que me siento mal por todo y me han dejado sola, un peligro para mis pequeños malos hábitos.
Tiro la toalla y entro a la cocina. No tengo mucho tiempo, así que opto por la opción rápida: unos buenos cereales azucarados con leche caliente. Me lleno el tazón hasta arriba, vierto la leche sobre los cereales asegurándome de aprovechar todo su volumen y lo meto un minuto y medio en el microondas; tiempo suficiente para pensar en cuál será el siguiente paso. El chocolate es esencial para estas situaciones, así que le corté unos trocitos con la boca cual máquina de chatarra y los escupo sobre el tazón. Añado además mantequilla de cacahuete y lo muevo observando los hilos de chocolate danzantes debido a la temperatura de la leche. Huelo ya la disolución de azúcar y ácidos grasos de la leche y se me hace la boca agua. Intento controlar mi gula y esperar a estar sentada y disfrutar de esos sabores de los que me privo habitualmente. El tazón calienta mis insípidas manos mientras busco una cuchara pequeña (para que dure más la degustación).
Finalmente me siento en el sillón con el móvil a un lado y la tele apagada. He de confesar que ya le he metido alguna cucharada. Empiezo a comer lentamente; mastico y saboreo el muesli que se desmigaja en mi boca. Noto los cambios de textura de la fruta deshidratada, tanto crujiente como blanda. Niveles de dulzor que oscilan entre lo dulce y extremadamente dulce con el fondo de la nata de la leche vacuna (semidesnatada). Para cuando me he dado cuenta, la leche ya no está en su temperatura óptima, el chocolate ya se ha fundido, no encuentro la mantequilla de cacahuete y el muesli ya no cruje. ¿Por qué es tan efímero el pecado?
Lo siento, pero no he tenido suficiente. Todos conocemos ya el desenlace de esta historia, así que llegados a este punto no me parece mala idea hacer un bis. Me vuelvo a levantar y en la misma taza vierto más leche y otro tipo de cereales, es lo único que cambia de la ronda anterior. Bueno, antes de comenzar bebo un vaso de agua del tirón: es una manera de lavar tus papilas gustativas de todo esa glucosa y mantequilla pegada y volver a saborear el primer bocado. Eso y que luego sea más fácil de sacar.
La ingesta se repite del mismo modo, pero esta vez es más rápido. Es una especie de instinto animal devorador (de mí). En cuanto acabo voy corriendo a la cocina, dejo el vaso en el fregador y escucho con atención para localizar a cada ente de la casa. No por cotilla, simplemente es desagradable escuchar esos ruidos.
Una vez asegurado el perímetro cojo el altavoz, me meto en el baño y echo el pestillo. Le doy al play y escucho a Rayden; no por favor, no quiero escuchar los retortijones de mis tripas con una voz tan orgásmica como la de Rayden. Dos canciones más tarde suenan Do I wanna know, la que era nuestra canción. Así que me parece un TEMAZO para este momento.
Me recojo el pelo con la coleta, levanto la tapa mientras escucho los golpes rítmicos del inicio de la canción mientras rápidamente me meto los dedos hasta donde me permiten mis manos y hago movimientos ondulatorios con ellos. La campanilla parece que se convierte en un clítoris que pretende llegar al éxtasis.
Empiezan las primeras arcadas, un pequeño chorro de agua espumoso con color rosado. Son las fresas que comí en la merienda. Si hurgando en la garganta y sigue saliendo pequeñas cantidades de jugos gástricos pero ni rastro del muesli y la avena. Mis ojos empiezan a llorar y la nariz a moquear. No podemos parar esto aquí, si te lo comiste tienes que devolverlo. Los ojos me escuecen, bastante comprensible ya que tengo mi cabeza metida en una campana de ácido. Al fin sale el primer vómito espeso y me siento mejor. La clave está en no quitar los dedos, ya que si se te quedan restos en la garganta es más fácil la segunda arcada. Veo como la masa de cereales (muchos sin masticar) corre por las paredes del váter y se depositan en el fondo.
Cuando no saco nada en las dos últimas arcadas me reincorporo y llevo mi mano al lavabo para lavarme la mezcla de cereales, jugos gástricos, mucosa y… ¿sangre? Meto la mano en el grifo y no solo tenía los nudillos enrojecidos (como es habitual) sino que además me había hecho herida. ¡Me he hecho una herida! D tienes un problema.
Tiro de la cadena por primera vez y seguidamente me miro al espejo. Los ojos están rojos y me cuelgan mocos de la nariz como si fuera un infante en pleno mes de febrero. Algún día tendré un derrame en los capilares de los ojos (por aumento de presión en la cara) y va a costar de explicar. Me lavo la cara, me termino de lavar bien las manos con jabón y me lavo los dientes. Por muy desagradable que sea la mezcla de sabores, no queremos que el ácido clorhídrico me los estropee. La rojez de los ojos comienza a bajar, la de los nudillos persiste, pero nadie se fija.
Le doy el último visto bueno a mi reflejo y al inodoro. Me doy cuenta que en las paredes más cercanas a la tapa hay salpicaduras que limpio con papel higiénico, una prueba del crimen más eliminada. El agua aún sigue espumosa y turbia. Normalmente es necesario tirar dos veces de la cadena para que quede limpio.
Justo a tiempo, ha acabado la canción. Me sonrío al espejo y salgo victoriosa para actuar como si todo estuviera bien. Aunque no lo está.